La payasa me hace más libre, más mujer

Hace unos días, en un taller de la escuela, ante la propuesta de que el grupo de clowns divagara sobre los grandes temas de la vida, IconH (la payasa de Marisa Montaner) dijo: “La libertad es olvidar todo lo aprendido”.

Esas palabras todavía me resuenan y me acompañan. ¡Qué gran enseñanza! ¡Qué gran descubrimiento! Creo que eso es lo que nos da la payasa: libertad. Porque nos da la posibilidad de olvidar todo lo aprendido, reinventando el espacio y el tiempo, trasformando las leyendas y las historias heredadas, dando un nuevo sentido a la gravedad, reconvirtiendo las atmósferas, los mundos y las galaxias.

La payasa surge sin prejuicios, ni personales ni sociales. Y, desde ahí, desde esa libertad e inocencia, brinda una mirada nueva, abierta y extensa. Lo que acontece siempre es novedoso y sorprendente. Su percepción del mundo es amplia, limpia e ingenua y es esta visión remozada la que le permite interpretar, accionar y reaccionar de mil maneras. A veces de forma imprevisible, otras, de manera pragmática, o lógica, o lenta, o rápida, o loca… pero siempre aportando desde su ternura, su transparencia y su vulnerabilidad.

En ese olvidar todo lo aprendido, inventa un nuevo mundo, donde el hecho de ser mujer es algo valioso, grandioso y poderoso. Ser mujer en este nuevo mundo tiene unas condiciones diferentes porque el mundo de la payasa es el mundo de la imposibilidad posible, en el que se puede ser una columna corintia, una bujía de coche, una mujer muerta (solo por un rato), una silla de estilo, una superheroína o un poderoso archienemigo. Es el mundo de la igualdad porque por momentos estás arriba y luego abajo, a veces triunfas y a veces fracasas, ríes y lloras y después vuelves a reír para tomar aliento y sentir miedo, rabia, amor, vergüenza y, entonces, reír otra vez. Es el mundo de la solidaridad porque quien te acompaña en el viaje es la persona más importante para ti y tú para ella. Y también es el mundo de la justicia porque la honestidad y la humildad son amigas, aliadas imprescindibles.

Y esto es algo que me interesa especialmente. Desde el yo más genuino que da la payasa, construyo un mundo sin condicionantes al que, claro, añado mis condimentos: mis complejos, mis ideas, mis planteamientos, mi cuerpo, mi mente… Un mundo que es mío y auténtico, un mundo que comparto con la frescura que me da la nariz roja. Las cosas nunca serán como eran si dejo a mi payasa vivir y fantasear, decir y gritar, bailar y danzar. Con ella reivindico mi decisión de ser mujer en este mundo no pensado para mujeres y me planteo que otro mundo es posible empezando desde mí y… ¡hasta al infinito y más allá! Con ella desaprendo y me posiciono desde la risa, la sonrisa, el humor, la tontería, la locura… Creo y expreso a partir de mis debilidades y mis fortalezas, con entusiasmo, desde la intensidad de la emoción y desde el juego con la dificultad. Y aprendo que es más interesante buscar soluciones que cerrarme a los problemas.

La payasa me dice que reírme de mí y de algunas malditas situaciones, junto a ti, junto a otras y otros, es una manera de dignificar a la mujer y de darle otra forma a este mundo. Pienso, y siento: esta es una pequeña revolución, es el principio de una vieja lucha, es un buen lugar para la transformación…

Y, en esta perspectiva de presente y futuro, me invade la vieja fórmula latina “ridendo castigat mores”, porque, sí, estoy convencida, “payaseando” se corrigen las costumbres.

Gracias a todas las payasas cómplices y a mi amada Concéntrica, por hacerme más libre, más mujer.

Amaia Prieto