¿Hay vida para el clown más allá del fracaso?

Con frecuencia escuchamos o leemos que todo en el clown gira en torno al fracaso. Que cuanto peor le vaya, más divertido será para el espectador. Que su destino debe ser trágico para poder hacer reír a quien le mira. Que tiene que pasarlo mal para que el público lo pase bien.

Y sí, estamos de acuerdo, la metedura de pata, el susto ante un problema, el fracaso temporal en alguna tarea son eficaces para producir risa, pero la pregunta es… ¿Hay vida para el clown más allá del fracaso?

Pues sí, hay vida, mucha vida y, por tanto, nos declaramos en rebeldía ante el discurso del fracaso como única o mejor vía de comicidad.

¿Qué otras alternativas hay?

Afortunadamente, muchas y variadas: el éxito y la manera de vivirlo, la expresión de emociones, la gestualidad, el juego, la tontería, la imitación, la ignorancia, el imaginario, las soluciones singulares ante los problemas, la inocencia, la duda, la pausa, las contradicciones, los contrastes…

Sí, hay mucha vida más allá del fracaso. Mucha vida y mucho mundo. El Clown se alimenta de dos elementos imprescindibles: los problemas y las emociones, pero no todo problema debe acabar mal y no toda emoción debe conducir al desastre.

Hemos visto payasos haciendo como si saltaran a la comba alegremente porque estaban enamorados.

Hemos visto payasas enrabietadas haciendo como si estiraran el cuello a alguien y lo golpearan como si fuera un punching ball de boxeo.

Hemos visto payasos y payasas sintiendo placer en su cuerpo como si recibieran pequeñas descargas eléctricas.

Hemos visto otros u otras mostrando mucho miedo, vergüenza, tristeza o alegría…

Y en todos los casos nos han hecho reír mucho. Porque lo que nos hace reír, más allá de que triunfen o fracasen, es su ser y su estar, su estado payaso, ese que por sí mismo produce ternura y risa a partes iguales en quienes los vemos, miramos y admiramos cuando están en acción.

 

Jesús Jara y Amaia Prieto Marín