Cuento amoroso

Dicen que una vez hubo un payaso, llamado Miocardio, que era todo corazón.

Siempre dispuesto para el amigo, la familia, su amor… Para todos, en general. Un niño en el parque, que quería aprender a bajar por una barra como un gombero, que decía él (el niño, no Miocardio). Un padre del AMPA que, sospechosamente, siempre estaba muy ocupado como para hacer unas fotocopias. El cartero, que no tenía tiempo para meter las cartas en los buzones. Un grillo, que se había perdido en mitad de la pista de tenis donde él (Miocardio, no el grillo) estaba jugando con su cuñado…

En fin, ¿para qué seguir?

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¡Ah, sí, claro, el cuento…! Sigo.

Un día, su novia, que era lo que él más quería… Lo que él más quería querer… Lo que él más creía que quería querer… Lo que él más quería creer que quería querer…

¡Vamos!, que le llamaba mucho la atención. Sobre todo, cuando no fregaba los platos (chiste malo, ¡puaf!) Pues un día le dijo (la novia, no Miocardio) que necesitaba… aunque según la Gestalt mejor sería decir quería, pero no lo voy a hacer por si me vuelvo a liar con ese verbo como en el párrafo anterior…

Pues eso, un día la novia le dijo que necesitaba una estantería. Ya he dicho que Miocardio siempre estaba dispuesto, y si se trataba de su novia, mucho más.

No sólo para eso…

¡Güarretes!

Miocardio comenzó a pensar en personas o lugares para conseguir una (una estantería, no una novia), pero todo eran pegas. A la vecina, no, que ya le pedí sal ayer. Buscar en el contenedor, no, que se mean los perros. La que teníamos en el trastero, no, porque se la dimos a Luisa hace un año.

EL AMOR

La situación era desesperada. Quizá penséis que exagero, que al fin y al cabo sólo se trataba de una estantería. ¡Pero es que vosotros no conocéis a la novia! Cuando quería algo lo quería con todas sus fuerzas. Eso estaba bien, pero a veces le impedía escuchar lo que querían los demás ¡Es que tenía hambre de madrugada y quería despertar a Arguiñano…! Total, que entre la situación desesperada y el buen corazón de Miocardio, éste, en un arranque de locura amorosa, ya sabéis, esa que nos salva de la otra locura, la de la razón, le dijo:

–        No te preocupes, yo seré tu estantería.

¡Glups! La frase ya estaba dicha. Alea jacta est, que significa algo así como “ya la hemos cagao”.

De la noche a la mañana Miocardio se vio convertido en una estantería. Su novia, que se puso muy contenta por esa prueba de amor, lo llenó rápidamente de libros, carpetas, adornos, cajas, discos, sobres, papeles…

Miocardio aguantaba, estoico (filósofos antiguos con una paciencia…), todo el peso que se le venía encima y el polvo que le caía cada día…

Ya estamos otra vez…

¡Güarretes!

El polvo orgánico, los objetos que quedaban allí olvidados, un niño que trepaba por él y dejaba sus marcas… Él (Miocardio, no el niño) miraba a su amada y pensaba:

–        Todo sea por ella y por nuestro amor.

Que es lo que solemos pensar cuando tenemos cara de sapo enamorado, esperando el beso de nuestra princesa de turno.

Pero, por otro lado, sentía que estaba sacrificando una parte importante de sí mismo. ¿Quién no ha sentido eso alguna vez?

Entonces tomó una decisión importante: adquirir la doble nacionalidad, de hombre y de estantería. Dicho y hecho, cuando su novia (por cierto, se llamaba Ventrícula) necesitaba algo de la estantería, él dejaba todo y se convertía en ella (en la estantería, no en su novia, ¿para qué querríamos dos personajes iguales en este cuento?), y cuando no era necesario, seguía de hombre.

Su novia, ya podemos decir Ventrícula, ante tanta generosidad por parte de Miocardio, tomó conciencia de ello y se enterneció. Deseó, con todas sus fuerzas, hacer algo por Miocardio, algo que le ayudará realmente en su vida, pero no sabía qué. Pensó en cómo era él, siempre pendiente de los demás y aceptando todo lo que le pedían.

Y entonces supo lo que le enseñaría…

Ventrícula propuso un pacto a Miocardio. Ella le enseñaría a saber decir que no y él le enseñaría a saber escuchar mejor a los demás.

Hoy siguen enamorados como al principio del cuento. Bueno, lo mismo, lo mismo… Siguen muy enamorados, de otra manera.

 Miocardio continúa ayudando a los demás y Ventrícula hace todo con muchas ganas.

Pero él ha aprendido a decir que no y ella a escuchar mejor.

 Y son más felices.

Cuento extraído  del libro de Jesús Jara: Desde mi Payaso: Cuadernos de Navegación