Coeducación y clown

Hace unos días, pudimos asistir a una charla impartida por Marina Subirats (socióloga investigadora especialista en coeducación, entre otras cosas). Una de las primeras cosas que dijo fue “La discriminación no está en la ley, está en los hábitos, en la cultura”.

Una frase de gran calado, porque eso de los hábitos es muy terrenal, muy tangible… todos los seres humanos tenemos hábitos y rutinas, a veces conscientes y muchas veces inconscientes.

Siguió con sus reflexiones sobre el género y sobre cómo asumimos su enclaustramiento, hombres y mujeres, ya desde la infancia. Hablaba de cómo, a muy corta edad, jugamos indistintamente con carritos de bebé o pelotas, con coches o muñecas… sin que eso, inicialmente, sea un problema. El problema surge, claramente, cuando hay un juicio, a veces de iguales, a veces de adultos con determinados hábitos incorporados. Cuando entra el juicio que vela por lo establecido, es cuando llegan las desigualdades.

Cuando Marina hablaba de esto, enseguida nos invadían imágenes de los cursos de clown. En las dinámicas y juegos, traemos la esencia de nuestra infancia: inocencia, ternura, permiso, optimismo, imaginación, creatividad… y libertad. El juego clown resulta liberador para las personas adultas que lo practican; desde la energía y el sentir payaso que lo consiente todo, que llama al “dejarse llevar”. Se dice que través del juego sale nuestro verdadero yo, desde aquí, añadimos que, si se trata de juego payaso, surge nuestro verdadero yo positivo, posibilitante, generador y propiciador. El juego clown permite que dos hombres “hechos y derechos” (heterosexuales para más señas) representen la película de Spiderman y, recreando una de las escenas, uno como Peter Parker y otro como Mari Jo, se besen sin que eso ponga en tela su hombría. También vemos mujeres liderando comando de sardinas o dirigiendo grupos para salir de un laberinto; hombres que se apenan y que se muestran vulnerables porque se ha roto un globo; mujeres poderosas que inventan canciones.

Los roles de género quizás tuvieron un sentido en su origen pero, ahora, nos encorsetan y limitan. El cambio hacia una sociedad más igualitaria, justa y libre es posible cuando las personas (hombres y mujeres) podemos adoptar actitudes, comportamientos, hábitos… positivos; tanto si se refieren a lo masculino (fortaleza, firmeza, poder) como a lo femenino (cuidado, empatía, sensibilidad).

coeducación

A través de nuestra parte payasa, en complicidad con su expresión libre, es fácil cultivar estos aspectos. Espontáneamente, vemos a chicos en posturas cariñosas y de cuidado, frágiles y divertidos… Y a chicas que se hacen fuertes para combatir el mal en diferentes formas (un moco verde invasor, un volcán a punto de estallar…). El juego payaso saca nuestro lado más auténtico y, en muchas ocasiones, cuando el juego es colectivo y libre, no hay roles, no hay imposiciones de género, no hay prejuicios… Lo cual es esperanzador: cuando las personas adultas juegan al modo clown se permiten actitudes y comportamientos no específicas de su género; juegan sin limitaciones sociales ni juicios externos y, entonces, algo se libera y algo distinto puede fluir, más allá de lo impuesto y lo autoimpuesto.

Digamos que las potencialidades del estar clown recogen lo bueno de los roles vinculados clásicamente al género y los liberan. Nuestra parte payasa puede ser firme, fuerte y poderosa, pero también vulnerable y cuidadora, puede ser rotunda y ocupar su espacio pero con empatía y sensibilidad. Comunicar sin prejuicios, sin límites, sin hábitos… De manera que, cultivando nuestro lado payaso integramos formas de estar y de ser, de sentir y de percibir, más igualitarias y equitativas. La coeducación fundamentalmente está pensada para niñas y niños, quizás jugar clown pueda ser un opción para adultas y adultos.

Una vez Nelson Mandela dijo: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Con su permiso, añadimos: “… y el juego clown, un gran aliado”.

Amaia Prieto y Jesús Jara